[Español sigue]
[Português segue]
Message for Easter 2026
Alleluia! Christ is Risen!
He is Risen, indeed! Alleluia!
“If Christ be not risen, then is our preaching in vain, and your faith is in vain.” (1 Cor. 15:14)
JESUS CHRIST’s resurrection is both a matter of faith and an historical reality. The witness of more than five hundred individuals, in addition to that of the Apostles themselves, recorded not just in Scripture but in the historic records of the Roman Empire, testify that the Resurrection is fact not myth. What is more, belief in the reality of Christ’s Resurrection did not come from the Apostles’ faith or even eyewitness; their faith came from the truth of the Resurrection. It was not just some inner mystical experience of a few followers but a dramatic life-altering change which transformed a small band of frightened demoralized disciples into bold, fearless, faithful Apostles and Evangelists. So much so that today there are over 2.6 billion Christians in every corner of the earth.
The testimony and witness of those who were privileged to see and hear and touch the risen Lord is living proof of this profound event in the history of the world and, most especially, in the lives of men and women through countless generations. No hallucination or lie or hoax has ever had such power to transform lives; or to give such love, joy, peace, hope, and meaning to billions of people for over two thousand years. The experience of the Resurrection changed soft, cowardly hearts into hard, courageous ones; and converted hard, cruel rulers, and willful sinners, to believe in the One Who is Love Incarnate – the Lord Jesus Christ.
Nothing more concretely and conclusively proves Christ’s divinity than His Resurrection. None but God could conquer death; and none but God can overcome sin and pardon the sinner. We cannot be saved by a dead Saviour nor by an earth-bound Jesus – a man merely of historic importance. The difference the Resurrection makes is nothing less than the promise of salvation and the hope of glory.
Even more, the personal and practical importance of the Resurrection is not to be found in a past event but in the present reality: Jesus Christ is risen! We can visit the graves and tombs and resting places of those who have gone before us. But as the women stood before the tomb of Christ, they heard the dramatic words of the Angel: “He is not here; He has risen.” (Luke 24:5)
Jesus is not to be found in the dead past but in the living present. He is not among those ‘whom we have loved and lost awhile’ but is present with us in each and every moment. He promised: “Behold, I am with you always, even to the end of time.” (Matt. 28:20) The angel’s proclamation to the grieving women standing before the empty tomb continually poses to us the eternal question of faith in Jesus Christ: “Why do you seek the living among the dead?”
In His resurrection, Jesus promises life over death, eternity over oblivion, salvation over damnation. And the new life promised is not a continuation of our earthly struggles, even with its joys and personal triumphs. It is everlasting, joyous. It is life with more love, more fulfillment, more promise than we could ever hope for or imagine. It is our heart’s desire lived out in the very presence of God amidst the company of Heaven. Jesus promised: “Because I live, you will live also.”
You and I, as Christians, walk with the Risen Lord each day, and He with us. In our walk with Jesus, we know the power of His presence in our lives – power which is transforming, healing, forgiving, life-giving, and love-filling.
As we hear in the Easter Gospel, when Mary Magdalene turned her back on the grave and looked on Jesus, it was then that she beheld her risen Lord. So, it is for each one of us. When we turn our backs on sin; when we turn away from the culture of death which pervades our modern society; when we stop looking down at our own feet and start looking upward to Jesus, then we too are transformed; we too behold our Risen Lord.
Life was never the same for the holy women, the Apostles, and the other disciples who, on that first Easter morning, stood before the empty tomb and beheld their risen Lord.
We are not the same; for we have come to know Jesus as our Lord and Saviour. Even amid suffering, doubts, questions, and the daily struggles we face in merely living, we still profess with all our hearts the reality of Jesus’ life, death, and Resurrection. It is the hallmark of our faith; it is the promise of our salvation.
May the peace of God, the love of Christ, and the power of the Resurrection, be yours this Easter Day, and for evermore.
+Shane
April 5 AD 2026
Archbishop Shane B. Janzen
Primate of the Traditional Anglican Church
Mensaje para la Pascua de 2026
¡Aleluya! ¡Cristo ha resucitado!
¡Él ha resucitado! ¡Aleluya!
«Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana vuestra fe.» (1 Corintios 15:14)
La resurrección de Jesucristo es tanto una cuestión de fe como una realidad histórica. El testimonio de más de quinientas personas, además del de los propios apóstoles, registrado no solo en las Escrituras sino también en los archivos históricos del Imperio Romano, atestigua que la resurrección es un hecho, no un mito. Es más, la creencia en la realidad de la resurrección de Cristo no provino de la fe de los apóstoles ni siquiera de un testimonio ocular; su fe provino de la verdad de la resurrección. No fue simplemente una experiencia mística interna de unos pocos seguidores, sino un cambio radical que transformó a un pequeño grupo de discípulos atemorizados y desmoralizados en apóstoles y evangelistas valientes, intrépidos y fieles. Tanto es así que hoy hay más de 2.600 millones de cristianos en todos los rincones del mundo.
El testimonio de quienes tuvieron el privilegio de ver, oír y tocar al Señor resucitado es prueba viviente de este trascendental acontecimiento en la historia del mundo y, sobre todo, en la vida de hombres y mujeres a lo largo de incontables generaciones. Ninguna alucinación, mentira o engaño ha tenido jamás tal poder para transformar vidas, ni para brindar tanto amor, alegría, paz, esperanza y sentido a miles de millones de personas durante más de dos mil años. La experiencia de la Resurrección transformó corazones débiles y cobardes en corazones firmes y valientes, y convirtió a gobernantes crueles y pecadores obstinados a creer en Aquel que es el Amor Encarnado: el Señor Jesucristo.
Nada prueba de manera más concreta y concluyente la divinidad de Cristo que su Resurrección. Solo Dios pudo vencer a la muerte, y solo Dios puede vencer el pecado y perdonar al pecador. No podemos ser salvados por un Salvador muerto ni por un Jesús terrenal, un hombre de mera importancia histórica. La diferencia que marca la Resurrección radica en la promesa de salvación y la esperanza de la gloria.
Más aún, la importancia personal y práctica de la Resurrección no reside en un acontecimiento pasado, sino en la realidad presente: ¡Jesucristo ha resucitado! Podemos visitar las tumbas y sepulcros de quienes nos precedieron. Pero mientras las mujeres estaban ante el sepulcro de Cristo, oyeron las impactantes palabras del ángel: «No está aquí; ha resucitado» (Lucas 24:5).
Jesús no se encuentra en un pasado muerto, sino en un presente vivo. No está entre aquellos a quienes «amamos y perdimos por un tiempo», sino que está presente con nosotros en cada instante. Prometió: «He aquí que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20). La proclamación del ángel a las mujeres afligidas ante el sepulcro vacío nos plantea continuamente la eterna pregunta de la fe en Jesucristo: «¿Por qué buscan entre los muertos al que vive?».
En su resurrección, Jesús promete vida sobre la muerte, eternidad sobre el olvido, salvación sobre la condenación. Y la nueva vida prometida no es una continuación de nuestras luchas terrenales, incluso con sus alegrías y triunfos personales. Es eterna, gozosa. Es una vida con más amor, más plenitud, más promesas de las que jamás podríamos esperar o imaginar. Es el anhelo de nuestro corazón vivido en la presencia misma de Dios en la compañía del Cielo. Jesús prometió: «Porque yo vivo, vosotros también viviréis».
Tú y yo, como cristianos, caminamos con el Señor Resucitado cada día, y Él con nosotros. En nuestro caminar con Jesús, conocemos el poder de su presencia en nuestras vidas: un poder que transforma, sana, perdona, da vida y llena de amor.
Como escuchamos en el Evangelio de Pascua, cuando María Magdalena le dio la espalda a la tumba y miró a Jesús, fue entonces cuando contempló a su Señor resucitado. Así es para cada uno de nosotros. Cuando le damos la espalda al pecado; cuando nos apartamos de la cultura de la muerte que impregna nuestra sociedad moderna; Cuando dejamos de mirar hacia abajo y comenzamos a mirar hacia arriba, a Jesús, entonces también nosotros somos transformados; también nosotros contemplamos a nuestro Señor Resucitado.
La vida nunca volvió a ser la misma para las santas mujeres, los apóstoles y los demás discípulos que, en aquella primera mañana de Pascua, se encontraban ante el sepulcro vacío y contemplaron a su Señor resucitado.
Nosotros tampoco somos los mismos, pues hemos llegado a conocer a Jesús como nuestro Señor y Salvador. Incluso en medio del sufrimiento, las dudas, las preguntas y las luchas diarias que enfrentamos simplemente al vivir, seguimos profesando con todo nuestro corazón la realidad de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Es el sello distintivo de nuestra fe; es la promesa de nuestra salvación.
Que la paz de Dios, el amor de Cristo y el poder de la Resurrección estén con ustedes este Domingo de Pascua y para siempre.
+Shane
5 de abril 2026
Arzobispo Shane B. Janzen
Primado de la Iglesia Anglicana Tradicional
Mensagem para a Páscoa de 2026
Aleluia! Cristo ressuscitou!
Ele ressuscitou, de fato! Aleluia
“Se Cristo não ressuscitou, é inútil a nossa pregação, e inútil também a fé que vocês têm.” (1 Coríntios 15:14)
A ressurreição de Jesus Cristo é tanto uma questão de fé quanto uma realidade histórica. O testemunho de mais de quinhentas pessoas, além do dos próprios Apóstolos, registrado não apenas nas Escrituras, mas também nos registros históricos do Império Romano, atesta que a Ressurreição é um fato, não um mito. Além disso, a crença na realidade da Ressurreição de Cristo não veio da fé dos Apóstolos ou mesmo de testemunhas oculares; a fé deles veio da verdade da Ressurreição. Não foi apenas uma experiência mística interior de alguns seguidores, mas uma mudança dramática que transformou a vida de um pequeno grupo de discípulos assustados e desmoralizados em Apóstolos e Evangelistas ousados, destemidos e fiéis. Tanto que hoje existem mais de 2,6 bilhões de cristãos em todos os cantos da Terra.
O testemunho daqueles que tiveram o privilégio de ver, ouvir e tocar o Senhor ressuscitado é a prova viva deste profundo evento na história do mundo e, especialmente, na vida de homens e mulheres através de incontáveis gerações. Nenhuma alucinação, mentira ou farsa jamais teve tal poder para transformar vidas; ou para dar tanto amor, alegria, paz, esperança e significado a bilhões de pessoas por mais de dois mil anos. A experiência da Ressurreição transformou corações fracos e covardes em corações fortes e corajosos; e converteu governantes duros e cruéis, e pecadores obstinados, a crerem naquele que é o Amor Encarnado – o Senhor Jesus Cristo.
Nada prova de forma mais concreta e conclusiva a divindade de Cristo do que a Sua Ressurreição. Ninguém além de Deus poderia vencer a morte; e ninguém além de Deus pode vencer o pecado e perdoar o pecador. Não podemos ser salvos por um Salvador morto nem por um Jesus preso à Terra – um homem de mera importância histórica. A diferença que a Ressurreição faz é nada menos que a promessa da salvação e a esperança da glória.
Mais ainda, a importância pessoal e prática da Ressurreição não se encontra em um evento passado, mas na realidade presente: Jesus Cristo ressuscitou! Podemos visitar os túmulos e os locais de descanso daqueles que nos precederam. Mas, quando as mulheres estavam diante do túmulo de Cristo, ouviram as palavras dramáticas do anjo: “Ele não está aqui; ressuscitou.” (Lucas 24:5)
Jesus não se encontra no passado morto, mas no presente vivo. Ele não está entre aqueles ‘a quem amamos e perdemos por um tempo’, mas está presente conosco em cada momento. Ele prometeu: “Eis que estou convosco todos os dias, até a consumação dos séculos.” (Mateus 28:20) A proclamação do anjo às mulheres enlutadas diante do túmulo vazio nos coloca continuamente a eterna questão da fé em Jesus Cristo: “Por que buscais entre os mortos aquele que vive?”
Em Sua ressurreição, Jesus promete vida em vez de morte, eternidade em vez de esquecimento, salvação em vez de condenação. E a nova vida prometida não é uma continuação de nossas lutas terrenas, mesmo com suas alegrias e triunfos pessoais. Ela é eterna, alegre. É uma vida com mais amor, mais plenitude, mais promessas do que jamais poderíamos esperar ou imaginar. É o desejo do nosso coração vivido na própria presença de Deus, em meio à companhia do Céu. Jesus prometeu: “Porque eu vivo, vocês também viverão”.
Você e eu, como cristãos, caminhamos com o Senhor Ressuscitado a cada dia, e Ele conosco. Em nossa caminhada com Jesus, conhecemos o poder de Sua presença em nossas vidas – um poder que transforma, cura, perdoa, dá vida e enche de amor.
Como ouvimos no Evangelho da Páscoa, quando Maria Madalena virou as costas para o túmulo e olhou para Jesus, foi então que ela contemplou seu Senhor ressuscitado. Assim é para cada um de nós. Quando viramos as costas para o pecado; quando nos afastamos da cultura da morte que permeia nossa sociedade moderna; Quando paramos de olhar para os nossos próprios pés e começamos a olhar para cima, para Jesus, então também somos transformados; também contemplamos o nosso Senhor Ressuscitado.
A vida nunca mais foi a mesma para as santas mulheres, os Apóstolos e os outros discípulos que, naquela primeira manhã de Páscoa, estiveram diante do túmulo vazio e contemplaram o seu Senhor ressuscitado.
Nós não somos os mesmos; pois passamos a conhecer Jesus como nosso Senhor e Salvador. Mesmo em meio ao sofrimento, às dúvidas, às perguntas e às lutas diárias que enfrentamos simplesmente por viver, ainda professamos de todo o coração a realidade da vida, morte e ressurreição de Jesus. É a marca da nossa fé; é a promessa da nossa salvação.
Que a paz de Deus, o amor de Cristo e o poder da Ressurreição estejam com vocês neste Domingo de Páscoa e para sempre.
+Shane
5 de abril de 2026
Arcebispo Shane B. Janzen
Primaz da Igreja Anglicana Tradicional